jueves, 30 de octubre de 2014

La máquina de sangre eterna,
y flashes de luces, animales parlantes...

Las vías del tren que se unen a lo lejos, penetrando el horizonte donde muere el sol.
Que será hoy de mi trinchera?, quien será mi trinchera.?

La ginebra calienta las fauces de la sinceridad y hace reventar los ojos inyectados de sangre.
"La máquina de sangre eterna"

No quiero tener más piel, no quiero más paz, el caos es la cumbre.
Porque cuando se abren trincheras , solo queda tirar, tirar sin más.
Sin más que descargar las municiones que nos permitan ser.

Ya está oscuro y la bebida cítrica...
Y libera, y endulza, y nos mata para levantaros de un espasmo divino…
Entonces sí, los animales  hacen al fin silencio, y solo se oye el silencio de la selva...
Quizás luego se conviertan en maquinarias de sangre.
Quizás luego las conviertas en maquinarias de sangre.

En el segundo antes de aborrecer tu piel, la sangre es preciada.
Luego todo es claro.
Una pausa, un silencio molesta, no, es, lo dejo ser antes de todo...
y quizás me enamore

Cuando se cruza el sudor, la sangre, la pólvora, el viento, la sed, las ansias, el sexo y los disparos  en la misma llanura desierta… El caos es creación, y así dos almas pueden ser una…
Es entonces cuando hay que darle de beber al alba, porque el alba siempre muere de sed. Por eso el roció, por eso los grillos se silencian, y los dedos entumecidos de frío buscan refugio.

Respiro el vapor de la lluvia matinal, que me impregna la boca de gusto a pasto, de gusto a agua que no tiene gusto a agua y me seca la garganta.
A la voz resentida solo le queda silbar alguna melodía,
caminar por la calle, subir cada tanto a la vereda. Con el cielo plateado, la atmósfera sepia, y la estación del tren allí delante…

Quizás me enamore o caiga en alguna trampa.

Con el olor a hierbas, que es dulce, y con olor a cemento mojado que es amargo,
mirar por la ventanilla del tren los alambres que se enredan con el pasto crecido.
Ahora todo es una metáfora de la libertad, un disparador de querer ser. O el alambre corroído, firme, maleable que ahoga a las ramitas de pasto. O el pasto moribundo, digno, que se resigna a tomar la forma que le dicta el alambre…

Es que siempre es eso. Querer ser, no querer más piel.
El temblor del caos, del amor.
La sangre eterna que nos quiere volver maquinas.
Y la sangre eterna que no nos quiere volver maquinas.