miércoles, 25 de diciembre de 2013

Desnuda el alma de los pájaros, la libertad más pura. El sueño del niño de blanco y su pedazo de alma lanzada al universo. Que puede ser como yo, una caja de música, o la simpleza de estar sentado mirando la lluvia, como si el mundo no comprendiese nada.

Porque en mi última voz,  en mi último rayo de luz, estaba el olor de las mariposas,  de la tierra mojada y de los ojos que se cierran cuando el viento de tormenta llega a ellos. Ya a ninguno de los dos, ni al niño ni a mí, nos pesa el agua, la materia de las cosas se desgrana en nuestros poros, nunca pierden su forma. Pero podemos sentir como son en verdad.


Ya casi no puedo mirar a la cara. Porque después de tocar el propio interior, después de acuchillar la propia mascara. Los ojos ajenos lastiman cuando no son sinceros. Cuando observan nuestra ternura, nuestra ingenuidad, lo esencial de lo que somos. Ellos ríen, ríen de la sangre que yace en el centro mismo, donde nada nos protege. Donde a la vez, nada nos mata…